Bienvenid@s a mi web personal




            INOCENCIA PERDIDA

                    1ª parte

CAPÍTULO I

Clara era una chica de dieciséis años que había nacido en Barcelona. Siempre habías ido una niña despierta y avispada, delgada, con una piel morena y una melena a la altura de los hombros de color canela. Sus ojos verdes hacían que su mirada fuese atractiva y cautivadora, y se había situado seductoramente un lunar en la parte derecha del labio superior. Por su físico, aparentaba más edad de la que tenía; estaba muy feliz de no haber tenido nunca novio y ser todavía virgen, no entendía que muchas de sus amigas ya hubiesen tenido su primera relación sexual y les decía que quería estrenarse con alguien especial de verdad, con el amor de su vida o incluso, por qué no, con el que sería su marido. Sus amigas opinaban que eso eran tonterías, que estaba pasado de moda, pero Clara sonreía y seguía jugando a ser mayor.

Hija de madre soltera, siempre había vivido entre prostitutas; su propia madre practicaba esta profesión desde joven.

Era una gran estudiante, tanto daba que fuera Historia, que Ciencias… siempre sacaba notas por encima de la media. Todo ese esfuerzo buscaba conseguir el gran sueño de su vida: ser maestra de niños pequeños.

Una noche estaba estudiando sobre su cama para un examen importante, vestida como siempre que estaba por casa con una camiseta larga y la ropa interior, cuando de repente entró su madre rápidamente y tras ella un hombre que la empujaba.

—Clara, ve a mi habitación y ciérrate dentro —dijo la madre muy nerviosa.

Ella obedeció asustada, saltó de la cama y corrió hacia la alcoba de su madre, pero no le dio tiempo: tras ella entró aquel hombre nervioso y fuera de sí, bloqueó la puerta con una silla y empujó a la niña sobre la cama. Clara se quedó paralizada y en décimas de segundo se encontró rodeada por los brazos sudorosos.

—¡¡Mamá!! ¡¡¡Mamá, por favor!!!

El hombre la desnudó a la fuerza, le arrancó la camiseta y el pequeño sujetador dejando a su antojo los bellos pechos de Clara; se desabrochó el pantalón mientras forcejeaban.

Al otro lado de la puerta estaba su madre muerta de miedo, abrazaba un pequeño osito de peluche que la niña tenía desde muy pequeñita mientras le resbalaban las lágrimas. El hombre le abrió bruscamente las piernas, bajó la braguita de la joven y la penetró sin pensárselo. Los gritos de dolor que se escucharon fueron desgarradores, luego el sonido de una bofetada y el gélido silencio.

Clara sentía a aquel hombre en su interior, sus ojos permanecían cerrados, no quería ver el rostro de aquel que le estaba robando su más guardado tesoro. Notaba caer las gotas de sudor en su cuerpo, no entendía aquella situación tan inesperada como desagradable. Ya no gritaba, solo estaba en silencio deseando que terminase pronto y se marchara. César mordió los pezones de la niña y esta chilló de dolor; él puso su mano sobre la boca y continuó con el acto más degradante para una mujer. De repente, inspiró y sacó repentinamente el pene del interior de la chica dejando caer el semen sobre el vientre, lamió la cara de Clara y se levantó. La joven sintió aquel líquido caliente resbalando por las ingles, cerró las piernas y, cogiendo su almohada, ya no pudo retener más su llanto.

—No llores, putita; eres un brillante en bruto y ya verás como al final esto te gustará... Eres igual que tu madre —dijo César mientras se subía la bragueta.

Sacó la silla y abrió la puerta, salió y en el pasillo se encontró a Esther en el suelo; seguía abrazada al osito y llorando en silencio. Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en los de aquel hombre y este dijo:

—¡Que no vuelva a pasar! O volveré a follarme a tu hija. ¿Me has entendido, cerda?

La cogió de los pelos y la levantó, la besó fuertemente en la boca y se marchó. Esther se acercó a la puerta de la habitación donde estaba la niña. Clara estaba mirando hacia la pared, acurrucada a su almohada. Se acostó a su lado, la abrazó por la espalda y se unió a su llanto.

—¿Por qué, mamá, por qué? —balbuceó Clara.

—Lo siento, cielo, ese cabrón no volverá a ponerte una mano encima, te lo prometo.

Y así, abrazadas, se quedaron dormidas. Llegaba la noche y Esther se despertó con la piel fría y la cara mojada; seguía abrazada a su hija y esta a su almohada, desnuda y también con la piel fría. Cogió una sábana del armario, la echó sobre el cuerpo de la joven y luego se dirigió a su armario. Como cada día, preparó detalladamente las piezas de ropa que iba a ponerse aquella noche; las colocó sobre su cama y se marchó a la ducha. Abrió la llave del agua esperando a que se calentase; poco a poco el vapor llenó el baño y empañó el espejo. Esther pasó la mano por él dejando su reflejo desfigurado, e, inmersa en su propia mirada, le volvieron los recuerdos de aquella historia que le había contado Irene cuando falleció su madre.

Mientras se duchaba se repetía una y otra vez que no dejaría que su hija viviera una vida tan desdichada como la vivida por ella. Lentamente se vestía, ensimismada, cautiva de unos pensamientos que no le dejaban ver demasiadas salidas. Cuando hubo terminado de acicalarse para una noche más de trabajo, y de una manera mecánica, se dirigió a la cocina y cogió un cuchillo de la cocina, lo envolvió en un trapo, lo escondió dentro del bolso y salió a la calle.

Esther había practicado en su juventud durante muchos años el bonito deporte del atletismo. Eso había esculpido en ella un bonito cuerpo, delgado pero fibrado y duro, con las curvas precisas para convertirse en una preciosa mujer. A la temprana edad de ocho años, fue capitana en el equipo de su escuela. Ya allí comenzó a ganar las medallas y copas que ahora adornaban su salón. Le gustaba cuidarse, por eso seguía corriendo varios kilómetros cada día y así mantenía en forma el cuerpo y la mente despierta.

Había crecido en un pequeño pueblo del extrarradio de Barcelona, un lugar donde las infraestructuras eran escasas y los estudiantes podían escoger entre el fútbol, el baloncesto, el atletismo o la natación, aunque para este último debías disponer de buenos ingresos porque los cursillos no estaban subvencionados y eran algo caros para algunas familias.

Los padres de Esther aprovecharon la pasión que tenía por correr para apuntarla desde muy pequeña a la actividad más económica y allí conoció a César. Era el año 1976. En el pabellón de deportes habían contratado a un nuevo específico para que se dedicara a las corredoras que mostraban cualidades para la competición, y así poder llevarlas a eventos escolares; el resto seguiría con el antiguo, perfeccionándose en la técnica.

Por aquel entonces Esther tenía catorce años y su cuerpo estaba algo más desarrollado que el del resto de las chicas de su edad. Era una chica alegre e independiente, acostumbraba a rodearse de chicos y chicas de cursos superiores, pues pensaba que los de su edad eran «infantiles». A César le llamó la atención desde el primer día, cuando, al llegar a la pista, la vio acercarse con sus zapatillas colgando del hombro, su mini pantalón de espuma y la camiseta de tirantes ceñida, que marcaba sus para entonces pequeños y redondos pechos. Iba riendo y jugando con Marina, su fiel amiga y compañera desde el parvulario.

Marina era una joven rellenita, con el pelo corto y moreno, llevaba gafas y no era demasiado guapa, pero tenía una gran sonrisa. Era hija única y siempre la habían tenido muy consentida, todo lo contrario que a Esther, por eso cada una de ellas ofrecía diferentes experiencias a la otra y así formaban un equipo de primera, tanto, que incluso los maestros tenían que separarlas para que no molestaran al resto de la clase con sus risas y escándalos. Una vez Marina se untó la cara con polvo de talco y se dibujó unas ojeras moradas, se apoyó en la puerta de la clase y llamó fuertemente con el puño. La maestra, al abrir, se encontró con un cuerpo muerto cayendo a sus pies y, al ver la cara pálida de la niña, casi se muere del susto... Claro que eso le costó un fuerte castigo, pero dicen que valió la pena.

César quedó prendado por la alegría que rebosaba Esther y, cuando llegaron a su lado, Marina preguntó:

—¿Es usted el nuevo entrenador? Porque esta chica —dijo señalando a Esther— es la mejor ¡en todo! Es rápida como el viento, vuela como los pájaros cuando salta las vallas y...

Esther le dio un fuerte golpe y la hizo callar, mientras añadía:

—Hola, señor.

La mirada de la chica se cruzó con la de su nuevo entrenador. César era un joven atlético, de tez morena y pelo corto. Tenía unos pequeños ojos verdes y una voz muy pausada y sensual: era más alto que Esther y su delgada constitución lo hacía realmente atractivo.

—¿No es usted muy joven para ser entrenador? —dijo Marina.

El joven sonrió y a Esther se le aceleró el corazón.

—¡A trabajar! —añadió el chico—. Empezaréis con unos estiramientos y unas vueltas suaves por la pista.

Marina resopló, dejó su bolsa en el suelo y se sentó para cambiarse las zapatillas. Esther estaba embobada mirando como César se marchaba hacia el otro lado de la pista, donde estaban el resto de sus compañeras de equipo.

—¡Esther! Despierta... ¿Pero qué te pasa? Ni lo mires... ¡Es tu entrenador! Y además es muy mayor para ti.

La chica se sentó y empezó a quitarse el calzado de calle, sin perder de vista cada movimiento que el joven hacía. De pronto César giró la cabeza y miró a las chicas. Esther se puso colorada y, sin saber dónde mirar, se volvió a colocar sus viejas botas en los pies.

—¿Pero qué haces? ¿Vas a correr con botas? —dijo Marina.

Las dos chicas se echaron a reír, se cambió el calzado y empezaron con el calentamiento. Al terminar estaban totalmente rendidas, como cada día, y se dirigieron a las duchas. Iban por el pasillo cuando de lejos vio a César acercarse mirando unos papeles.

—Ve delante Marina, ahora llegaré yo —le dijo a su amiga.

—Tú sabrás lo que haces.

Y se metió en los vestuarios. La joven se agachó para atar los cordones de sus zapatillas y al levantarse chocó con César, que estaba ya a su lado.

—¡Ay! No te había visto, disculpa.

Él se quedó pensando su nombre.

—Esther, me llamo Esther.

—Claro, lo sabía, no se me podría olvidar... Sabes, tienes una buena técnica cuando corres, ¿quién te ha enseñado? —preguntó el entrenador.

—Los monitores que hemos ido teniendo aquí en la escuela, nunca he tenido un entrenamiento especial, hasta ahora.

—Bien, pues haré de ti mi mejor corredora, bueno, si tú quieres, claro.

—¡Me encantará! Bueno, me voy, he de ducharme.

La chica entró en el vestuario, se apoyó en la puerta dando un enorme suspiro y le dijo a su amiga:

—Marina, ¡es guapísimo!

Las dos se echaron a reír otra vez y se metieron en las duchas.

—¡Dúchate, anda! —dijo Marina.

Los entrenamientos terminaban a las diez de la noche, y las chicas andaban rápido hacia sus casas mientras no dejaban de hablar de comida. Esther, por su delgadez, podría decirse que no comía nada, pero nada más lejos de la realidad. Su madre solía decirle que, si alguien la veía comer con tanta ansia, pensaría que no le daban de comer en casa.

En el camino se encontraron con un grupo de chicos conocidos en el barrio por buscar siempre peleas y meterse en problemas.

—¿Vamos por la otra acera? —dijo Marina.

—¡No! ¿Por qué hemos de cambiar nosotras? ¿No es acaso nuestra calle también? —contestó enfadada Esther.

—Nenitas... ¿Qué hacéis tan tarde fuera de casita? —se escuchó a lo lejos.

Las chicas siguieron caminando sin hacer caso de lo que escuchaban.

—¡Os he preguntado algo, niñas! ¿Se os ha comido la lengua el gato? —gritó uno de aquellos chicos a la vez que salía corriendo hacia ellas.

—¡Corre, Marina! —dijo Esther dando un grito.

Empezaron a correr calle arriba; eran demasiado rápidas y los jóvenes se dieron por vencidos.

—Les dimos esquinazo... —dijo Esther riendo y casi sin aliento.

—¡Un día no conseguiremos dejarlos atrás y entonces no te reirás tanto! —replicó su amiga.

—Hasta que ese día llegue no hemos de preocuparnos, ¿no crees? —añadió Esther mientras se despedía con el gesto de su mano.

Vivían las dos muy cerca, tan solo el autoservicio del señor Domingo separaba sus portales. Era la típica tienda de barrio, antigua, y el lugar donde puedes encontrar un poco de todo, y donde habitualmente sus madres hacían la compra mientras intercambiaban críticas sobre el resto de vecinas del barrio.

Marina vivía en la planta baja, en una preciosa casita adosada al edificio. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente para sus padres y para ella, ya que, aunque le hubiese encantado tener un hermanito, sus padres decidieron que sería mejor quedarse con una y darle una buena vida y unos buenos estudios. En la parte interior tenía un pequeño jardín en el que su madre acostumbraba a pasar muchas horas cuidando sus flores y plantas. Al entrar a la casa un olor hizo mella en ella.

—¿Qué es esto que huele tan bien, mamá? —dijo relamiéndose.

—He preparado puré de lentejas, como a ti te gusta… —contestó la madre muy cariñosamente.

—¡Oh, mamá! Eres estupenda, no hay nada mejor que una buena comida después de un entrenamiento como el de hoy.

—¿Ha sido duro entonces? —preguntó su madre asomando la cabeza por la puerta de la cocina.

—¡Uff! Ni te lo imaginas. Ha venido un nuevo entrenador y ¡no veas qué duro es!

Su madre se echó a reír y añadió:

—Anda, exagerada, date una duchita mientras yo termino esto, y luego ¡a la mesa!

Marina hizo lo que su madre le había aconsejado, pero no dejaba de pensar en su gran amiga y confidente.

Esther subió corriendo las escaleras, como siempre, y entró en su casa como un torbellino.

—¡Hola! Ya estoy en casa. ¿Qué hay de cenar, mamá? —voceó Esther desde la entrada.

—Ven, hija, estoy en la cocina —respondió.

Al entrar en la cocina encontró a su madre llorando. A su lado estaba su tía, una de las hermanas de su padre a la que la joven no soportaba.

—Mamá... ¿Por qué lloras? —preguntó Esther angustiada―. ¿Qué pasa, tía?

—Siéntate, cariño, hemos de hablar —susurró la madre.

—¡Mamá, por favor! Ya no soy una niña pequeña —exclamó.

—Tu padre ha tenido un accidente con el camión, hija.

Un brillo apareció en los ojos de la joven, se sentó abatida al lado de su madre y le preguntó:

—¿Cómo está? ¿Dónde está?

Su madre le cogió las manos entre las suyas y, mirándola a los ojos, dijo con voz muy suave:

—Papá ha muerto, hija mía...

Todo quedó en silencio, solo un congojo silenciado nacía en el interior de la chica. Salió corriendo hacia su habitación y se echó sobre la cama. Lloraba desconsoladamente. Su madre y su tía se quedaron en la cocina, dándole tiempo para desahogarse y asimilar la noticia.
















             LA OTRA CARA DE LA INOCENCIA 

                 Inocencia Perdida 2ª parte  

 CAPÍTULO 1  — La Huida

Esther entró en su casa y se lavó las manos. No quería que Clara viese los restos de sangre que le quedaban después de terminar con la vida de Césarel hombre que le había marcado la vida y que pretendía, también, marcar la vida de su hija; se juró en aquel momento que nadie haría daño a su pequeña, mientras ella pudiera evitarlo. Abrió despacio la puerta de la habitación de Clara viendo cómo seguía desnuda, envuelta con la sábana y abrazada a su almohada, sollozando. La pena le rompía el alma. Era tan joven y bonita… Tenía la melena alborotada y sus ojos pardos ahora se veían rojos de tanto llorar.

Esther era consciente de que su hija había sufrido una vida llena de desdicha por su culpa, creciendo entre prostitutas y hombres que no distinguían el trato a un perro al de una mujer. Esther pasó toda su vida tomando decisiones tan malas que afectaron directamente a su hija ya desde su nacimiento, exponiéndola frente a todos como el objeto de una subasta que espera la puja más alta, y Clara sonreía con la candidez de un recién nacido que desconoce lo que le depara su futuro Aquella preciosa bebé creció y se convirtió en una encantadora señorita, por eso los hombres volvieron a volar sobre su cama como buitres en busca de carroña.

Aquella fatídica noche marcaría un antes y un después. Siendo casi una niña y perdida su virtud de una manera despiadada, sin saber que era su propio padre quien se la quitaba, Clara ya había sufrido todo lo que una joven podía soportar.

Esther se levantó temprano para preparar el desayuno y dar sensación de normalidad, pero una joven de dieciséis años no podía pasar página tan rápidamente como ella pretendía. Esperó unas horas que Clara se levantase para darle explicaciones pero, al ver que no aparecía, fue a buscarla Llamó varias veces a la puerta sin obtener respuesta, así que abrió lentamente la puerta para no despertarla. Al entrar se llevó una gran sorpresa: las puertas del armario estaban abiertas y los cajones revueltos. Parecía que Clara había recogido a toda prisa sus cosas y el dinero que tenía ahorrado en un cajón. Al momento se dio cuenta de lo que estaba pasando, no hacía falta ser demasiado inteligente para saber que Clara había huido. En aquel momento su reacción fue la que tendría cualquier madre preocupada por su hija: se quitó el pijama, se vistió con lo primero que pilló y salió a la calle, pero no acertó en elegir su indumentaria, ya que iba despeinada y con una camiseta sucia, incluso llevaba todavía los restos de maquillaje que habían ensuciado su cara la noche anterior. Preguntó en la tienda del señor Domingo si había visto a su hija y su respuesta fue un movimiento lateral de cabeza. Años atrás, el señor Domingo se hubiera interesado más por aquella pregunta, pero Esther ya no era una persona de confianza para él y tampoco le gustaba que la viesen por el colmado ni sus cercanías; todos los vecinos sabían que era una prostituta y que en su casa había triquiñuelas con drogas. El dueño de esa tienda le había pedido amablemente que no fuese a comprar a su negocio ya hacía tiempo.

Esther pensó que podría haber ido con los hijos de Irene y la llamó por teléfono. Irene era la persona que ofreció a Esther su primer empleo, solo fiándose de la palabra de César. Le dio cariño y le enseñó muchas de las cosas necesarias para la vida aunque, cuando Esther se quedó embarazada de César, estuvieron enemistadas porque sus aspiraciones y sus adicciones la arrastraron a los brazos de Santi, por mucho que Irene la había avisado de que era un mal hombre Ya hacía mucho que tanto Irene como Esther habían decidido dejar atrás las rencillas. Clara mantuvo amistad con Cristina y Diego todo el tiempo, pero ellos tampoco sabían nada de Clara. Irene se arregló y salió a buscarla por las calles cercanas a su casa y luego se juntó con Esther para buscar juntas por la zona del Raval (calles que la niña conocía bien y donde podría recurrir a alguna amistad de su madre). Pasaron el día yendo de aquí para allá, buscando en estaciones de tren y de autocares, en casas de amiguitas de Clara, pero todo fue en vano. Al día siguiente hicieron copias de una foto de ella y pegaron carteles por las calles adyacentes a su casa, en lugares donde ella solía ir a jugar, como la cancha de baloncesto o un parque cercano. También pusieron en la biblioteca y al lado del teatro Liceo; a ella le encantaba ir a ver a los bailarines o las orquestas. Podía quedarse horas esperando, mirando cómo personas cultivadas en el arte de la música y la danza iban entrando.

Aquella pegada de carteles no produjo resultados. Clara se había esfumado como se desvanece el humo de un cigarro al ser exhalado.

Clara siempre había sido una chica con un comportamiento ejemplar hasta el año pasado. La rebeldía de la edad había aflorado en ciertos momentos: algunas contestaciones fuera de lugar, un horario incumplido…, pero nada más allá de lo que hemos podido hacer todos en nuestra adolescencia. Nunca nadie pensó que se marcharía de aquella manera, a escondidas bajo la capa de la noche, dejando atrás todo lo vivido y a todos sus seres cercanos.

Esther tenía muy presente que su hija se había marchado para alejarse de ella y de su modo de vida, por eso no denunció su desaparición y le dejaría el tiempo necesario para que aclarara sus pensamientos. Aquello pasaría en un momento u otro y podría explicarle todo lo que pasaba en su interior y lo mucho que sentía los malos tragos que tuvo que pasar por su culpa durante su vida.

Ya hacía más de quince días de la marcha de Clara y Esther estaba abatida por ello, hasta que una noche recibió la esperada llamada de su hija. Esta le contó que estaba bien, que había estado con su compañera del internado y que regresaría pronto.

―¿Tú estás bien, mamá?

―Sí, hija, estoy bien, pero ya sabes que te echo de menos. Añoro verte, sobre todo por las mañanas cuando charlábamos de nuestras cosas mientras desayunábamos.

―Aún no puedo regresar, ¿lo entiendes, verdad? Te lo contaré todo cuando vuelva, cuídate. ―Colgó el teléfono antes de que Esther pudiera despedirse.

Aunque era una noticia triste le alegraba saber de ella y ver que aún mantenía buenas amistades. No le quedaba otra opción que dejarla seguir con su vida hasta que reuniese fuerzas para volver. Por otro lado, también tenía claro que, allí donde se encontrase, estaría mejor que en ese barrio donde era evidente cómo o en qué podría terminar.

Esther debía recuperar su vida: las facturas, la comida y el resto de gastos no se pagaban solos, así que tuvo que regresar al trabajo que había hecho siempre y el que mejor sabía hacer. Los clientes que la llamaban no eran, ni de lejos, los que a cualquier mujer que se dedique a la prostitución le gusta atender, pero recuperar su estatus le llevaría un tiempo. Ahora debía aguantar a los guarros que olían mal, a los que se pensaban que por veinte euros tenían derecho a todo, a los que le pedían una felación y ni siquiera habían guardado las normas básicas de higiene… y, sobre todo, a los más arrogantes que se pasaban la hora pagada diciendo: “hazme esto, puta; chúpamela, puta; abre más las piernas, puta…”, un trato totalmente degradante para cualquier persona.

Una tarde llamó a su puerta Ismael. Venía a recibir un trabajito. Hacía muchos años que él y sus amigos le hicieron vivir una de las experiencias más sucias y vejatorias de toda su vida, por no decir la más denigrante. Después de aquello, Esther se prometió a sí misma no volver a caer en manos de Ismael, así que se negó en rotundo. Enfurecida, le dijo que él y sus amigos ya habían tenido suficiente y que ella no estaba ni estaría disponible para ellos jamás. Al no obtener la respuesta que esperaba, Ismael la empujó hacia el interior cerrando la puerta de un portazo; había ido con un propósito y no se iría sin ello. Obtuvo lo que venía buscando a la fuerza y luego le propinó una brutal paliza que terminó con Esther en el hospital. Él mismo llamó a la ambulancia asegurándose, antes de marcharse, de que le quedaba claro a la mujer que él nunca aceptaría un no como respuesta.

Lloraba desconsolada con el cuerpo dolorido, medio desnuda y el sabor de la sangre en la boca.. Se arrastró hasta el sofá, donde apoyó la espalda y se sentó en el suelo. Cerró los ojos y quedó a la espera de la ambulancia que, aunque no tardó demasiado, para ella fue una eternidad. Ismael había dejado la puerta entreabierta para que los médicos pudiesen entrar. Los paramédicos llegaron preguntando si se encontraba alguien en casa y Esther, con la garganta cerrada por la impotencia, la vergüenza y el miedo, levantó un brazo; entonces, uno de ellos la vio y llamó la atención al compañero. Le limpiaron la sangre con unas gasas mojadas, la exploraron para ver si tenía algún hueso roto y tomaron sus constantes. Seguidamente, la bajaron sentada en una silla médica y la tumbaron en la camilla. Una vez en el vehículo, el joven que viajaba detrás con ella le preguntó:

—¿Qué te ha pasado?

Esther permaneció en silencio, giró la cara y se le escaparon las lágrimas. El técnico de la ambulancia ya había atendido otros casos de violencia de género y sabía que no hacía falta mucho para saber que, detrás de aquellos síntomas, estaba la mano de un ser despiadado.

La noticia en el barrio corrió rápidamente, sobre todo entre las chicas que todavía le quedaban como amigas de profesión. La dureza de practicar la calle y los peligros que conlleva las obligaba a estar unidas y decidieron hacer turnos para no dejarla sola. Cuando el suceso llegó a oídos de Irene, le faltó tiempo para acudir y mantenerse a su lado. Irene fue muy dura con ella en el pasado, cuando por desquite se marchó con la niña a vivir con Santi, sin escuchar los consejos que ella le daba sobre aquel hombre y que resultaron ser ciertos. Pero ya no era aquella mujer de corazón inquebrantable, el cariño por Esther volvió a ser el mismo de cuando la aceptó en su casa casi como si fuera una hija más.

Había estado en urgencias unas horas y la tuvieron que trasladar al servicio de UVI por algunas complicaciones. Llevaba horas allí cuando entró el doctor con un informe que depositó en la mesa. Se acercó a Esther y, al verla dormida, le dijo a Irene que las heridas eran graves y necesitaría un tiempo para sanar; tenía algunas costillas rotas y múltiples contusiones en cuerpo y cabeza. Luego le entregó un documento donde se daba la posibilidad de denunciar al agresor.

Cuando se despertó, Irene le enseñó el papel para rellenar en caso de querer denunciar y le preguntó quién había sido, pero Esther no quiso saber nada del tema.

—¿Por qué no lo denuncias? ―le preguntó Irene.

—Mírame, ¿qué quieres, que pueda volver a vengarse? No pienso denunciar. Mejor lo dejo pasar e intento mantenerme lejos de él.

—Tú misma, ya no eres una niña pequeña, pero sabes que solo quiero lo mejor para ti.

—Si quieres lo mejor para mí deja que yo decida. 

Quince días después le dieron el alta. Llevaba un vendaje en forma de corsé bastante tenso para ayudar a soldar sus costillas y, para el resto de las contusiones, solo podían darle calmantes y aconsejarle que hiciese el máximo reposo porque, además de ser doloroso, si las costillas no soldaban bien podría tener muchos problemas en un futuro.

Cogieron un taxi para ir a casa de Esther. Desde allí, Irene llamó a su chófer. Allí se encontró con varias chicas en la calle que la ayudaron a subir a casa y que se ofrecieron para hacerle las tareas, cocinarle o llevarle la compra.                

Días más tarde, Irene fue a visitarla a su piso. Quería ver cómo evolucionaba y ofrecerle ayuda. Estuvieron hablando de que estaba intentando seguir las indicaciones que le aconsejaron los doctores. Hasta entonces, sus compañeras se habían comportado con ella con cariño y no le habían dejado hacer esfuerzo alguno. No iba a ser tan fácil seguir sin hacer nada, sus ahorros no eran suficientes y, aunque le doliera el cuerpo, no podía alargar su reposo todo lo que necesitaba; estaría en casa una semana más, pero las necesidades la obligarían a trabajar si quería afrontar sus gastos. Irene escuchaba aquello pacientemente y cuando Esther terminó, le cogió las manos suavemente y la alentó a ir por un tiempo a su casa. Allí tendría todos los cuidados necesarios e Irene estaría más tranquila sabiendo que no estaba en el piso donde vivía ahora, entre alcohólicos, drogadictos y proxenetas. 

Era un barrio donde era habitual ver peleas con palos, navajas u otras armas en plena calle sin importar quién pudiera salir perjudicado y, por supuesto, había redadas policiales día sí y día también. Irene ya había intentado alejarla de ese mundo varias veces, aunque ella siempre se había resistido. Aquella vez era muy diferente y Esther aceptó con la seguridad de que solo sería el tiempo necesario para recuperarse. No quería ser una carga para nadie y menos para Irene, después de todo lo que le hizo pasar en su juventud.

Aquel mismo día recogió un poco de ropa y sus cosas de primera necesidad. Se fue con ella y, al bajar a la calle, se encontraron con algunas de las chicas que la habían acompañado en el hospital.

—Esther, ¿te vas? —preguntó una de ellas.

—Sí, pero será una temporada hasta que me rehabilite del todo No os preocupéis, estoy bien. Cuidaos las unas a las otras ¿vale?

—Como siempre —dijo alguien desde el fondo del grupo.

Esther se acercó a una de ellas y le entregó sus llaves, pidiéndole que no dejase que su casa se llenara de okupas ni drogadictos. Su amiga la abrazó y se despidieron.

Empezaron a caminar hacia la Rambla y en la esquina vio a Pedro esperando, dentro de su coche. Parecía que los años no habían pasado para él. Continuaba siendo aquel apuesto y correcto caballero de sonrisa bonita que dejaba ver su dentadura blanca y, si no fuera por las vergonzosas canas que se escondían entre su cabello oscuro, nadie diría que habían pasado más de quince años. Este la saludó con cariño y abrió la puerta para que entraran las señoras.

Una vez en casa de Irene, esta le dijo a Julia que acompañara a Clara a su antigua habitación. Julia llevaba muchos años siendo la asistenta de Irene y la conocía bien. Saludó a Esther con un cariñoso abrazo, cogió la bolsa que llevaba y luego subió las escaleras que dirigían a la planta superior. Esther lo miraba todo con añoranza, pues eran tantas las vivencias almacenadas en el recuerdo que no podía evitar sentir un sinfín de sensaciones mezcladas. Subió a reencontrarse con aquel dormitorio, el cual la vio crecer como mujer, con el espejo que vio pasar los diferentes rostros que se dibujaron en las cambiantes etapas vividas en su juventud.

En aquella casa llegó como niña, creció y descubrió lo que representaba hacerse adulta y tomar decisiones ante la vida. Fue allí, también, donde nació su bebé, su gran tesoro; el que no supo valorar hasta que hubieron pasado demasiados años.