Magda Guarido Jonema

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CONFESIONES DE UN PERTURBADO (junio 2021)



CAPÍTULO II   -   JACINTO


Viernes, 29 de noviembre de 1968 

Hoy he tenido una visita inesperada. Estaba limpiando la parte interior del confesionario, cuando he escuchado una voz que me llamaba. 

—Padre, necesito confesarme —ha dicho.

 No era una voz familiar y a través del enrejado tampoco podía poner cara a la persona. —Estás en el lugar adecuado —me apresuré a responder—. Cuéntame y hallarás el perdón de Dios. 

—No lo sé padre, quizás ni él pueda perdonarme —se lamentó. 

—Sí hijo, siempre existe el perdón, por muy grave que sea lo que hayas hecho o dicho, él te dará su absolución. ¿Cómo te llamas? 

—Jacinto. Ave María purísima. 

—Sin pecado concebida. 

—¿Me guardará el secreto de confesión? 

—Por supuesto, hijo, todo aquello que digas aquí, quedará entre nosotros tres. 

—¿Tres? —exclamó aturdido. 

—Claro, hijo mío…, tú, yo y el señor. 

—Ayer Lázaro me dijo que lo hiciese. Estábamos los dos solos en la bodega y me contó que ella le había rogado la muerte. Yo no podía creerlo, pero él insistió tanto padre que tuve que ir. Cuando llegué a la casa abrí la puerta con sigilo, subí las escaleras lentamente evitando hacer ningún ruido. Se quedó pensativo y calló. 

—Tranquilo, Jacinto, continúa, hijo, cuéntame eso que tanto te angustia —dije lentamente. 

—Ella dormía plácidamente, lucía un bonito camisón blanco con puntilla y botones hasta los senos, durante unos minutos me quedé allí, en silencio, contemplando como respiraba. Su pecho se hinchaba y deshinchaba siguiendo el ritmo de los latidos del corazón. Era preciosa, con aquel pelo negro y sedoso que olía a hierbas, su cuerpo delgado y esbelto y, su rostro, era como el de las princesas de los cuentos que vemos cuando somos niños, no hay princesa fea, señor. 

—Cierto, hijo, no hay princesa fea, pero la belleza importante no es la que vemos con los ojos, sino con el corazón. 

—Era amable y generosa. Cuando me veía por la calle me preguntaba: «¿Cómo estás Jacinto?». Yo le sonreía, me ponía muy nervioso y sonrojado, entonces alzaba los hombros y seguía caminando, pues no sabía que responder. ¡Pero él me obligó a hacerlo! 

—¿¡Quién!? —pregunté exaltado. 

—Lázaro, padre, siempre es Lázaro. 

—Háblame de Lázaro. 

—¡No! No puedo hacer eso. ¡Se enfada mucho conmigo!, me hace cosas horribles si sabe que le hablo a la gente de su existencia, pero sé que con usted no tengo ese problema o ¿acaso quiere que me castigue? 

—No, claro que no —dije. 

—No quiero volver al cuarto oscuro, por favor —susurró nervioso y asustado. 

—Está bien, no me hables de él, ¿Qué pasó con la chica? —dije intentando calmar su preocupación. 

—Me acerqué al lecho, me gustó verla tan cerca, pero, de repente, abrió los ojos y al verme gritó. ¡Me asusté! ¿Por qué tenía que despertarse justo en aquel momento? Cogí la barra de hierro que Lázaro me había dado para el cometido y la golpeé. Se quedó inmóvil, un hilo de sangre empezó a resbalar por su rostro, me miró sin entender nada, yo la golpeé de nuevo una y otra vez hasta que no abrió los ojos. La bajé de la cama tirando de su pelo y la llevé al salón dejando tras de mí un rastro de sangre. 

—Espera, hijo. No es a mí a quién debes contar esto — afirmé con rotundidad—. Debes ir a la policía. La historia me ha puesto el vello como escarpias, el relato parecía el capítulo de una novela de suspense. Tras unos segundos en silencio, Jacinto, empezó a golpear los laterales del confesionario y a gritar: 

—¡No quiero escuchar esas voces! 

—¿Qué voces? Yo no escucho nada, Jacinto. La intensidad de sus gritos crecía por momentos. —¡Qué paren! Por favor, padre, haga que paren. 

—Dime, ¿qué escuchas? Entonces cesaron sus súplicas y acercándose a la rejilla susurró con voz mucho más grave que la anterior: —No me llamo Jacinto, mi nombre es Lázaro....


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BILOGÍA INOCENCIA PERDIDA


INOCENCIA PERDIDA

Inocencia Perdida 1ª parte  



     

CAPÍTULO I

Clara era una chica de dieciséis años que había nacido en Barcelona. Siempre habías ido una niña despierta y avispada, delgada, con una piel morena y una melena a la altura de los hombros de color canela. Sus ojos verdes hacían que su mirada fuese atractiva y cautivadora, y se había situado seductoramente un lunar en la parte derecha del labio superior. Por su físico, aparentaba más edad de la que tenía; estaba muy feliz de no haber tenido nunca novio y ser todavía virgen, no entendía que muchas de sus amigas ya hubiesen tenido su primera relación sexual y les decía que quería estrenarse con alguien especial de verdad, con el amor de su vida o incluso, por qué no, con el que sería su marido. Sus amigas opinaban que eso eran tonterías, que estaba pasado de moda, pero Clara sonreía y seguía jugando a ser mayor.

Hija de madre soltera, siempre había vivido entre prostitutas; su propia madre practicaba esta profesión desde joven.

Era una gran estudiante, tanto daba que fuera Historia, que Ciencias… siempre sacaba notas por encima de la media. Todo ese esfuerzo buscaba conseguir el gran sueño de su vida: ser maestra de niños pequeños.

Una noche estaba estudiando sobre su cama para un examen importante, vestida como siempre que estaba por casa con una camiseta larga y la ropa interior, cuando de repente entró su madre rápidamente y tras ella un hombre que la empujaba.

—Clara, ve a mi habitación y ciérrate dentro —dijo la madre muy nerviosa.

Ella obedeció asustada, saltó de la cama y corrió hacia la alcoba de su madre, pero no le dio tiempo: tras ella entró aquel hombre nervioso y fuera de sí, bloqueó la puerta con una silla y empujó a la niña sobre la cama. Clara se quedó paralizada y en décimas de segundo se encontró rodeada por los brazos sudorosos.

—¡¡Mamá!! ¡¡¡Mamá, por favor!!!

El hombre la desnudó a la fuerza, le arrancó la camiseta y el pequeño sujetador dejando a su antojo los bellos pechos de Clara; se desabrochó el pantalón mientras forcejeaban.

Al otro lado de la puerta estaba su madre muerta de miedo, abrazaba un pequeño osito de peluche que la niña tenía desde muy pequeñita mientras le resbalaban las lágrimas. El hombre le abrió bruscamente las piernas, bajó la braguita de la joven y la penetró sin pensárselo. Los gritos de dolor que se escucharon fueron desgarradores, luego el sonido de una bofetada y el gélido silencio.

Clara sentía a aquel hombre en su interior, sus ojos permanecían cerrados, no quería ver el rostro de aquel que le estaba robando su más guardado tesoro. Notaba caer las gotas de sudor en su cuerpo, no entendía aquella situación tan inesperada como desagradable. Ya no gritaba, solo estaba en silencio deseando que terminase pronto y se marchara. César mordió los pezones de la niña y esta chilló de dolor; él puso su mano sobre la boca y continuó con el acto más degradante para una mujer. De repente, inspiró y sacó repentinamente el pene del interior de la chica dejando caer el semen sobre el vientre, lamió la cara de Clara y se levantó. La joven sintió aquel líquido caliente resbalando por las ingles, cerró las piernas y, cogiendo su almohada, ya no pudo retener más su llanto.

—No llores, putita; eres un brillante en bruto y ya verás como al final esto te gustará... Eres igual que tu madre —dijo César mientras se subía la bragueta.

Sacó la silla y abrió la puerta, salió y en el pasillo se encontró a Esther en el suelo; seguía abrazada al osito y llorando en silencio. Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en los de aquel hombre y este dijo:

—¡Que no vuelva a pasar! O volveré a follarme a tu hija. ¿Me has entendido, cerda?

La cogió de los pelos y la levantó, la besó fuertemente en la boca y se marchó. Esther se acercó a la puerta de la habitación donde estaba la niña. Clara estaba mirando hacia la pared, acurrucada a su almohada. Se acostó a su lado, la abrazó por la espalda y se unió a su llanto.

—¿Por qué, mamá, por qué? —balbuceó Clara.

—Lo siento, cielo, ese cabrón no volverá a ponerte una mano encima, te lo prometo.

Y así, abrazadas, se quedaron dormidas. 


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 LA OTRA CARA DE LA INOCENCIA 

 Inocencia Perdida 2ª parte  

 


 CAPÍTULO 1  — La Huida

Esther entró en su casa y se lavó las manos. No quería que Clara viese los restos de sangre que le quedaban después de terminar con la vida de Césarel hombre que le había marcado la vida y que pretendía, también, marcar la vida de su hija; se juró en aquel momento que nadie haría daño a su pequeña, mientras ella pudiera evitarlo. Abrió despacio la puerta de la habitación de Clara viendo cómo seguía desnuda, envuelta con la sábana y abrazada a su almohada, sollozando. La pena le rompía el alma. Era tan joven y bonita… Tenía la melena alborotada y sus ojos pardos ahora se veían rojos de tanto llorar.

Esther era consciente de que su hija había sufrido una vida llena de desdicha por su culpa, creciendo entre prostitutas y hombres que no distinguían el trato a un perro al de una mujer. Esther pasó toda su vida tomando decisiones tan malas que afectaron directamente a su hija ya desde su nacimiento, exponiéndola frente a todos como el objeto de una subasta que espera la puja más alta, y Clara sonreía con la candidez de un recién nacido que desconoce lo que le depara su futuro Aquella preciosa bebé creció y se convirtió en una encantadora señorita, por eso los hombres volvieron a volar sobre su cama como buitres en busca de carroña.

Aquella fatídica noche marcaría un antes y un después. Siendo casi una niña y perdida su virtud de una manera despiadada, sin saber que era su propio padre quien se la quitaba, Clara ya había sufrido todo lo que una joven podía soportar.

Esther se levantó temprano para preparar el desayuno y dar sensación de normalidad, pero una joven de dieciséis años no podía pasar página tan rápidamente como ella pretendía. Esperó unas horas que Clara se levantase para darle explicaciones pero, al ver que no aparecía, fue a buscarla Llamó varias veces a la puerta sin obtener respuesta, así que abrió lentamente la puerta para no despertarla. Al entrar se llevó una gran sorpresa: las puertas del armario estaban abiertas y los cajones revueltos. Parecía que Clara había recogido a toda prisa sus cosas y el dinero que tenía ahorrado en un cajón. Al momento se dio cuenta de lo que estaba pasando, no hacía falta ser demasiado inteligente para saber que Clara había huido. En aquel momento su reacción fue la que tendría cualquier madre preocupada por su hija: se quitó el pijama, se vistió con lo primero que pilló y salió a la calle, pero no acertó en elegir su indumentaria, ya que iba despeinada y con una camiseta sucia, incluso llevaba todavía los restos de maquillaje que habían ensuciado su cara la noche anterior. Preguntó en la tienda del señor Domingo si había visto a su hija y su respuesta fue un movimiento lateral de cabeza. Años atrás, el señor Domingo se hubiera interesado más por aquella pregunta, pero Esther ya no era una persona de confianza para él y tampoco le gustaba que la viesen por el colmado ni sus cercanías; todos los vecinos sabían que era una prostituta y que en su casa había triquiñuelas con drogas. El dueño de esa tienda le había pedido amablemente que no fuese a comprar a su negocio ya hacía tiempo.

Esther pensó que podría haber ido con los hijos de Irene y la llamó por teléfono. Irene era la persona que ofreció a Esther su primer empleo, solo fiándose de la palabra de César. Le dio cariño y le enseñó muchas de las cosas necesarias para la vida aunque, cuando Esther se quedó embarazada de César, estuvieron enemistadas porque sus aspiraciones y sus adicciones la arrastraron a los brazos de Santi, por mucho que Irene la había avisado de que era un mal hombre Ya hacía mucho que tanto Irene como Esther habían decidido dejar atrás las rencillas. Clara mantuvo amistad con Cristina y Diego todo el tiempo, pero ellos tampoco sabían nada de Clara. Irene se arregló y salió a buscarla por las calles cercanas a su casa y luego se juntó con Esther para buscar juntas por la zona del Raval (calles que la niña conocía bien y donde podría recurrir a alguna amistad de su madre). Pasaron el día yendo de aquí para allá, buscando en estaciones de tren y de autocares, en casas de amiguitas de Clara, pero todo fue en vano. Al día siguiente hicieron copias de una foto de ella y pegaron carteles por las calles adyacentes a su casa, en lugares donde ella solía ir a jugar, como la cancha de baloncesto o un parque cercano. También pusieron en la biblioteca y al lado del teatro Liceo; a ella le encantaba ir a ver a los bailarines o las orquestas. Podía quedarse horas esperando, mirando cómo personas cultivadas en el arte de la música y la danza iban entrando.

Aquella pegada de carteles no produjo resultados. Clara se había esfumado como se desvanece el humo de un cigarro al ser exhalado.


  Conoce los secretos que guarda Clara...

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