LA OTRA CARA DE LA INOCENCIA (2ª parte)

12.50

CAPÍTULO 1 ― La huida

Esther entró en su casa y se lavó las manos. No quería
que Clara viese los restos de sangre que le quedaban
después de terminar con la vida de César, el hombre que
le había marcado la vida y que pretendía, también,
marcar la vida de su hija; se juró en aquel momento que
nadie haría daño a su pequeña, mientras ella pudiera
evitarlo. Abrió despacio la puerta de la habitación de
Clara viendo cómo seguía desnuda, envuelta con la
sábana y abrazada a su almohada, sollozando. La pena le
rompía el alma. Era tan joven y bonita… Tenía la melena
alborotada y sus ojos pardos ahora se veían rojos de tanto
llorar.
Esther era consciente de que su hija había sufrido
una vida llena de desdicha por su culpa, creciendo entre
prostitutas y hombres que no distinguían el trato a un
perro al de a una mujer. Esther pasó toda su vida
tomando decisiones tan malas que afectaron directamente
a su hija ya desde su nacimiento, exponiéndola frente a
todos como el objeto de una subasta que espera la puja
más alta, y Clara sonreía con la candidez de un recién
nacido que desconoce lo que le depara su futuro. Aquella
preciosa bebé creció y se convirtió en una encantadora
señorita, por eso los hombres volvieron a volar sobre su
cama como buitres en busca de carroña.
Aquella fatídica noche marcaría un antes y un
después. Siendo casi una niña y perdida su virtud de una
manera despiadada, sin saber que era su propio padre
quien se la quitaba, Clara ya había sufrido todo lo que
una joven podía soportar.
Esther se levantó temprano para preparar el
desayuno y dar sensación de normalidad, pero una joven
de dieciséis años no podía pasar página tan rápidamente
como ella pretendía. Esperó unas horas a que Clara se
levantase para darle explicaciones pero, al ver que no
aparecía, fue a buscarla. Llamó varias veces a la puerta
sin obtener respuesta, así que abrió lentamente la puerta
para no despertarla. Al entrar se llevó una gran sorpresa:
las puertas del armario estaban abiertas y los cajones
revueltos. Parecía que Clara había recogido a toda prisa
sus cosas y el dinero que tenía ahorrado en un cajón. Al
momento se dio cuenta de lo que estaba pasando, no
hacía falta ser demasiado inteligente para saber que Clara
había huido. En aquel momento su reacción fue la que
tendría cualquier madre preocupada por su hija: se quitó
el pijama, se vistió con lo primero que pilló y salió a la
calle, pero no acertó en elegir su indumentaria, ya que iba
despeinada y con una camiseta sucia, incluso llevaba
todavía los restos de maquillaje que habían ensuciado su
cara la noche anterior. Preguntó en la tienda del señor
Domingo si había visto a su hija y su respuesta fue un
movimiento lateral de cabeza. Años atrás, el señor
Domingo se hubiera interesado más por aquella
pregunta, pero Esther ya no era una persona de confianza
para él y tampoco le gustaba que la viesen por el colmado
ni sus cercanías; todos los vecinos sabían que era una
prostituta y que en su casa había triquiñuelas con drogas.
El dueño de esa tienda le había pedido amablemente que
no fuese a comprar a su negocio ya hacía tiempo.
Esther pensó que podría haber ido con los hijos de
Irene y la llamó por teléfono. Irene era la persona que
ofreció a Esther su primer empleo, solo fiándose de la
palabra de César. Le dio cariño y le enseñó muchas de las
cosas necesarias para la vida aunque, cuando Esther se
quedó embarazada de César, estuvieron enemistadas
porque sus aspiraciones y sus adicciones la arrastraron a
los brazos de Santi, por mucho que Irene la había avisado
de que era un mal hombre…

Categoría:

Descripción

Después de la experiencia vivida con César, Clara queda totalmente vencida; no tiene ganas de estudiar, ni de salir, ni de vivir. Abandona a su madre y al círculo de vicio que se mueve a su alrededor. Trabaja duro y ahorra algo de dinero para comprarse una vieja cabaña en mitad de la nada. Cada noche regresa a su cabaña sombría, sucia y abandonada. Hasta que una noche, mientras está tumbada sobre la hierba mirando las estrellas, se da cuenta de que no debe de sentir vergüenza. Observa a su alrededor un jardín descuidado de hierbas y zarzas que se adueñan del terreno levantando una barricada entre el camino y el acceso a la casa. En ese momento decide resurgir. Sabiendo lo que sabe, habiendo pasado por tanto, se levanta y, segura de sí misma, empieza a gestar un despiadado plan que no tardará en poner en marcha para saciar su sed de venganza.

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “LA OTRA CARA DE LA INOCENCIA (2ª parte)”

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *